A 10 años del final de Los Piojos: el último ritual

Un concierto que parecía anteceder a un simple parate y que terminó siendo el final para un grupo que marcó una generación.

Ciro, en el último recital de Los Piojos, el 30 de mayo de 2009

El sábado 30 de mayo de 2009 ya le había dejado lugar al domingo 31 hacía más de 65 minutos. El Estadio Monumental estaba caliente a pesar de que, afuera, apretaba el frío. La temperatura corporal de las 65 mil personas que explotaban la cancha era demasiada: bailaban “Muevelo”, casi en éxtasis. La fiesta, que había durado más de tres horas, llegaba a su punto cúlmine. Andrés Ciro gritó su (aun hoy) típico “chas gracias…” al finalizar el tema. Aunque no era la despedida oficial, muchos lo sospechábamos. Se terminaba esa hermosa locura llamada Los Piojos.

Pasaron diez años de aquella noche. Lo que sería un simple parate, un impass, fue en realidad el final de un grupo de rock que marcó a fuego una generación desde su sonido y sus letras, que hermanó al público de recitales (o rituales, como se le llamaba a cada encuentro) y a los futboleros, que definió incluso una forma particular de vestir. Así terminaba un reinado que, al dejar el trono vacío, permitió que grupos asomaran la cabeza y pasaran de salones y boliches a convocar de a miles.

Recuerdo que ese día me levanté muy excitado. Desde las 9.30 estábamos al habla con Bebe Contepomi y Diego Ponce, que en ese momento era el otro productor de La Viola. Sabíamos que teníamos una parada histórica: un canal muy conocido transmitiría a todo el país un concierto de rock. Sí, una cadena de noticias. Sí, entero. Sí, nosotros lo haríamos posible. En ese momento, todo lo que menciono parecía imposible, pero se hizo.

Quizás, el paso del tiempo exagere mis sentimientos, lo advierto. En un principio, el recital me pareció el más largo que vi en mi vida. Debo admitir que tomé tanto fernet que me emborraché y también se me pasó (imaginen si fue extenso). El puntapié incial fue a las 22 y el tren no frenó nunca más. Andrés Ciro empezó, a capella, con “Te diría”. Así sonó la primera de 30 canciones, 30 himnos que todos los argentinos solíamos escuchar en casa, en asados, en boliches o bares, bailando o sentados. Fueron 30 temas que, aunque parezca una frase hecha y berreta, componen el soundtrack de mi vida.

Ya sin Piti Fernández, miembro fundador de la banda que renunció meses antes, pero con Micky Rodríguez, Tavo Kupinski y Roger Cardero, las referencias a la separación arrancaron casi sin querer. Entre canción y canción los músicos decían “esta es una noche especial” o hacían afirmaciones de ese tipo. Todos entendimos un poco más qué pasaba cuando Alejandro Dellosa, un fanático piojoso, subió a leer un mail que le había enviado en la previa al grupo: citando al Indio solari, terminaba diciendo “las despedidas son esos dolores dulces”. Ahí me cayó la ficha. En ese momento se me llenaron los ojos de agua y se me hizo un nudo en la garganta (como ahora, que volví a ver ese recital para escribir estas líneas).

Los Piojos, aun hoy, es la banda que más veces vi en vivo. Ya no puedo decir cuántos rituales ni en que lugares del país. Tampoco puedo explicar todas esas noches de fin de semana que, con amigos, nos juntábamos en bares a tomar una birra, escuchándolos. No puedo enumerar las veces que me quede afónico cantando “El farolito”, “Verano del 92” o “Cruel”. O la costumbre de citar alguna letra de ellos en un levante bolichero. Todo eso se me vino (y se me viene) encima. Pero esa noche, como había dicho el propio Ciro, era distinta. Y sabiendo eso, todos dejamos todo. Ellos, desde arriba del escenario. La gente, quizás el público más fiel junto al de los Redondos que haya visto en mi vida. Y también los que estábamos laburando. Todos dimos más de lo que podíamos.

“Tenemos que terminar por cuestiones municipales”, dijo Ciro, abrazando al resto de la banda y saludando extensamente al público, que no se movió del estadio aunque prendieran las luces. Muchos no lo sabían. Otros lo intuíamos. Se terminaba una época. Era el final de una historia. Habíamos sido testigos del último ritual.

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