Con un gol de Driussi, y un gran ingreso de Kendry Páez, el Millo sumó de a tres y quedó en los más alto del Grupo H de la Copa Sudamericana.
Gana. Eso está claro. River gana. Hasta acá, al menos, lo ha hecho casi sin parar, a excepción del 1-1 en Bolivia -con contingencia a cuestas. Lo hizo otra vez, con un equipo muletto al que Eduardo Coudet debió desremixar para enderezar y sortear a un Carabobo que merodeó por facilidades ajenas. Y quedó líder de su zona en la Sudamericana. Y sigue.
Gana, River. El tema es lo que sufre, por momentos, para hacerlo. Aun frente a adversarios de otra escala. La irregularidad hasta acá no lo condenó, pero ya le amagó con la sentencia. En términos de conexión, esta versión Chacho arrastra un problema: que fluctúa entre el dial-up de los 90 -el del módem ruidoso que los viejos sólo dejaban usar de noche- y un intento de 3G. Está lejos todavía de la alta velocidad que añora Coudet, contracturado de tanto aspaviento en el minuto de refresco para intentar acomodar líneas y conceptos. Exitazo a tiempo.
Los silbidos del entretiempo castigaron a un equipo con microcortes, poco confiable. Que se empecinó en resolver situaciones simples de la manera más complicada posible a metros de Santiago Beltrán. Que no fue físico, como pretende el manual del deté, pero tampoco tuvo química. Que sufrió demasiado las inclemencias del mix que plantó el Chacho, con escaso ritmo y menos reacción. Y con jugadores que -en sintonía- volvieron a desaprovechar su enésima oportunidad: Kevin Castaño salió a los 45 minutos, después de perder 7 pelotas, varias en zona defensiva, y de pasar hacia atrás o de dividirla en exceso; Matías Viña amagó con ser socio de Ian Subiabre: ni uno ni otro resolvieron a la altura y el comodorense terminó pagándola con su salida en el entretiempo; Quintero alternó un remate bien sacado por Bruera y un pase de MVP a Freitas a no encontrar caminos para conducir desde el toque. A eso se le sumó el infortunio de la salida de Fausto Vera y la incertidumbre de poder perder a uno de los más regulares para el clásico…
Esa inestabilidad, sin embargo, Coudet la alivió con ajustes: se aseguró de retocar -y también de arriesgar piernas a cuatro días del Súper entendiendo que volver a empatar en la Sudamericana implicaba un problema de cara a la clasificación en la pole position. El diagnóstico de Chacho fue preciso. Del mismo modo que Kendry Páez -adentro por JFQ apenas arrancado el segundo tiempo; el colombiano se fue tocado- empujó con gambetas irreverentes y se asoció con un Fabricio Bustos poco aprovechado hasta ese momento, Sebastián Driussi complementó con sprints el vértigo de un Joaquín Freitas (contracción para retroceder y quitar; falló un mano a mano por no definir de zurda) que ya había dado argumentos para ser primer recambio del once de gala. Tomás Galván, además, jugó en su ecosistema y repartió. Y el reacomodamiento derivó en la ventaja frente a un Carabobo que parecía más peligroso por cómo River se dejaba amenazarse que por virtudes propias.
La hipótesis del éxito de los cambios se comprueba con el gol. Páez -en versión apuesta del Chelsea- avanzó sin obstrucción por una zona en la que hasta el momento nadie se había animado a gambetear (la cubierta por Juan Camilo Pérez y Fuentes, a espaldas del agotado Cova), y Driussi definió al poste izquierdo de Bruera. El inmediato remate de Galván al travesaño refrendó la recomposición de un River que no encandiló, que no fue el del 3-0 ante Belgrano -tape para rever y copiar: fue la máxima expresión de un modelo que no logra reaparecer- pero que al menos dominó a un adversario ya replegado, peligroso únicamente por la tendencia local de apuntarse a los pies de vez en cuando, abusando de tanto en tanto de repliegues quizás innecesarios. Peligrosamente patológicos.
Tanto que pisando los 44, la disyuntiva del verdadero River se reactivó: incluso con potencial para dañar, este equipo se abraza a las victorias con demasiado cariño, con la devoción de quien le juega varias veces seguidas al mismo número confiando en que la tendencia no se cortará. Pero no todos los equipos se ofrecerán tanto como Racing o serán tan inofensivos como Carabobo aun con pelota. Esa es una lección que, está claro, deberá aprender a tiempo. Porque el domingo, lo pidió la gente, “cueste lo que cueste” River debe ganar. Lo que deberá procurar Chacho es que ante un Boca (también robustecido de confianza) no le cueste tanto.
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