Una farsa al descubierto: Las pericias a los cuadernos destaparon la manipulación judicial contra Cristina Kirchner.

Las pericias oficiales confirmaron más de 1.500 tachaduras, alteraciones y hasta textos escritos por manos distintas a las del chofer Oscar Centeno. La causa que el macrismo usó para encarcelar empresarios y perseguir a Cristina Fernández de Kirchner se desmorona bajo el peso de su propia falsificación.
La escena política argentina vuelve a girar en torno a un expediente que nunca dejó de oler a podrido: los cuadernos de Oscar Centeno, aquel chofer convertido en escriba improvisado cuyas anotaciones sirvieron como columna vertebral de la causa judicial más escandalosa de la era macrista. Ahora, tras conocerse las pericias de la Gendarmería y la Policía Federal, se revela lo que muchos sospechaban desde el inicio: el expediente fue una construcción, una pieza adulterada con más de 1.500 tachaduras, cambios de nombres, correcciones forzadas y, lo más grave, la participación de “otras manos” que escribieron en los cuadernos originales. No se trata de un error de copista ni de detalles insignificantes, sino de un fraude procesal monumental.
El peritaje, de más de 300 páginas, ratifica que parte de lo escrito no pertenece a Centeno. Lo dicen los especialistas de las defensas, pero también lo confirman los peritos oficiales. La Policía Federal detalló el uso de líquido corrector, agregados y modificaciones en nombres, direcciones y cifras. La Gendarmería coincidió en que no todo corresponde al “mismo puño escritor”. Dicho sin eufemismos: alguien metió mano en esos cuadernos para fabricar pruebas, orientar acusaciones y sostener un relato funcional a la persecución política.
Las tachaduras son un catálogo del absurdo. Donde decía Marcelo, alguien escribió Armando, para arrastrar a Armando Loson. Direcciones reemplazadas, horarios modificados, días alterados. Incluso faltan hojas completas, como si a alguien le incomodara lo que allí estaba consignado. Uno de los apuntados fue Gerardo Ferreyra, de Electroingeniería, incrustado a fuerza de correcciones en el relato del chofer. Se trata de maniobras burdas, pero devastadoras para la credibilidad del expediente. No son “errores” de quien toma notas a las apuradas, son operaciones quirúrgicas para incriminar a determinados empresarios y políticos.
El sainete roza lo grotesco cuando se recuerda la versión de Centeno y de su amigo, el policía Jorge Bacigaluppo, sobre la supuesta quema de los cuadernos en una parrilla. Según ellos, todo el material había desaparecido entre las brasas. Sin embargo, milagrosamente, una parte reapareció poco antes de una elección, intacta, sin un solo rastro de fuego. ¿Coincidencia? Nadie lo cree.
Las declaraciones arrancadas a los empresarios apuntaban siempre en la misma dirección: el departamento de la calle Uruguay, donde supuestamente Daniel Muñoz —ex secretario de los Kirchner, fallecido en 2016— recibía los bolsos con dinero. El relato tambaleaba desde el inicio. El encargado del edificio aseguró que Cristina nunca volvió allí entre 2003 y 2016, período en el que vivió en la residencia de Olivos. Pese a esa evidencia, la expresidenta se convirtió en el blanco principal del expediente. A Muñoz, sí, le encontraron cuentas en Andorra y propiedades en Estados Unidos, pero de ahí a incriminar a Cristina había un océano de distancia que la justicia macrista no dudó en cruzar.
La fotografía de aquel proceso judicial revela el uso más obsceno de la justicia como herramienta de persecución política. No se trató de esclarecer delitos sino de construirlos. No se buscó verdad sino condena mediática y electoral. El macrismo necesitaba un relato que demonizara al kirchnerismo y lo encontró en los cuadernos adulterados de un chofer. La manipulación fue tan grotesca que hoy, con las pericias sobre la mesa, nadie puede sostener con seriedad que esa causa tenga sustento jurídico.
Lo más indignante es la impunidad con la que se manejaron quienes fabricaron esta farsa. Las tachaduras, los cambios de nombres, la aparición mágica de cuadernos supuestamente quemados, el dictado de relatos ajenos al lenguaje del chofer. Todo formó parte de un guion perverso cuyo objetivo fue arrasar con un adversario político. El gobierno de Javier Milei, lejos de cuestionar ese andamiaje, lo celebra y lo revive cada vez que necesita agitar fantasmas contra el kirchnerismo, consolidando un clima de persecución que desnuda la degradación institucional del país.
La verdad ya está escrita, pero no en los cuadernos de Centeno sino en las pericias que los desarman. El macrismo armó una causa trucha y la usó como arma electoral. La justicia que debería protegernos se convirtió en un brazo ejecutor de la política más ruin. Y lo que se expone hoy no es solo el fracaso de una operación, sino la evidencia de un país donde el poder manipula pruebas, falsifica testimonios y pone a la democracia de rodillas.
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