La nueva vida de Fede Domínguez: el día que Milito se ganó la capitanía, el conflictivo River que vivió y el laberinto que cruzó en su triunfo contra el cáncer

“No soy un súper héroe, soy un ser humano. Fui jugador de fútbol, pero en mi otra vida. Ahora la divido: esta es mi segunda vida. En mi primera vida fui jugador de fútbol. ¿Qué voy a ser en esta segunda? Veremos… Es un nuevo desafío. Es vivir hoy e intensamente”.

Federico Domínguez tuvo una carrera soñada como futbolista. Campeón mundial juvenil con Argentina, fue parte de la era más exitosa en la historia de Vélez y celebró títulos con Independiente, Argentinos Juniors y Nacional de Uruguay. Jugó en River, en México y en España. Tuvo como técnicos a José Pekerman, Carlos Bianchi y Marcelo Bielsa, por citar unos pocos ejemplos. Pero el cáncer no mira currículums. No le importa lo que pasó antes y Federico tuvo que aprenderlo en ese proceso en el que peregrinó entre la negación, el enojo, el llanto, el desconcierto y el miedo a lo largo de los meses. Se preguntó una y otra vez por qué él, si era un deportista “que nunca había fumado y me hicieron dos estudios por año durante 20 años”.

El camino tuvo que adivinarlo “contrarreloj” y deambulando entre los espinosos “laberintos oscuros” de su cabeza. Por eso, cuando cumplió un año de haber entrado al quirófano para que le extirparan el tumor en el colon, tras atravesar tres meses de quimioterapia y radioterapia, decidió contar su historia. Hablar con Infobae sobre la enfermedad, porque a él eso le salvó la vida: hablarlo. “No fue fácil hacerlo público, pero es una sanación interna. Decir ‘esto me pasó’. Es un mensaje alentador para la gente, estuve seis meses entrando y saliendo de clínicas; y es un ambiente muy pesado”, dice sobre esa curva en la que tomó la ruta de su nueva vida.

LA OTRA VIDA EN LA “ISLA DE FANTASÍA”

Con 17 años, y mientras sus compañeros de escuela cruzaban bromas en la planificación del viaje de egresados, Domínguez estaba concentrado con leyendas de Vélez para disputar, por ejemplo, la semifinal de la Copa Libertadores.

“Mis inicios fueron frenéticos. Campeón de América en el 94, juvenil en el 95, 96 campeón local… Hasta el 98 fueron una locura… ¡Vivía en una isla de fantasía! Era cada un año, ponele, salir campeón de algo”, pone en contexto. Al unísono, su formación como profesional se moldeaba desde manos emblemáticas: Bianchi y Bielsa en Vélez y Pekerman en la selección argentina.

“Bianchi tenía una dinámica parecida a Pekerman: recurre mucho a la emoción, a lo humano. Exigía a los chicos de tal manera que pusiéramos a prueba a los jugadores grandes y ellos automáticamente tenían que reaccionar, porque sino nosotros ocupábamos el lugar. Una virtud que tenía: salían tres titulares indiscutidos, entraban pibes y el equipo jugaba igual”, detalla sobre el hombre que lo hizo saltar a primera en 1993. “Lo destacable de Pekerman, más allá de que sabe de táctica, de fútbol, es la parte humana. Tiene mucha sensibilidad y entendía el manejo del grupo a la perfección”, destaca sobre el hombre que lo eligió para aquel plantel campeón mundial en Qatar en 1995 y que le dejó como legado una frase que utilizó para su vida: “El espejito retrovisor lo dejamos en el vestuario, todo lo que hicimos no sirve. Es hoy”.

En Liniers completó casi una década, la mejor de la historia del club. Fede nació en ese terreno fértil de éxitos, creció y se transformó en una pieza clave. Allí estaba el día que explotó el conflicto entre Bielsa y los histórico del plantel, con José Luis Chilavert a la cabeza: “No me olvido más. Fue en el Hindú Club, abajo de un árbol, ponele que en el hoyo 2, porque estábamos en el fairway de golf. Ahí se genera una discusión gigante con Chilavert, empieza la pelea. Abajo de ese árbol. Él dejó bien clara su postura: si ustedes no están convencidos, yo me voy. Éramos pocos, seríamos 13 o 14 jugadores. De acá sale el 11, estos son los que voy a utilizar todo el campeonato. Ahí nos miramos todos y, en definitiva, el grupo era ganador, no le gustaba perder a nada. Él marcó clarito que si cuatro o cinco de los grandes también acompañaban –ya se había peleado con Chilavert–, no tenía nada que hacer. Se tenía que ir. El plantel lo asimiló, fue inteligente. A medida que íbamos ganando es como que íbamos creyendo y generando confianza mutuamente”.

“Bielsa exigía mucho, pero mucho. Es difícil explicarlo, al tope todos los días. Ese Vélez había ganado todo, pero con otra fórmula. Él vino, dijo esto no es lo que quiero, lo mío es otro camino. Y el entrenamiento era nada que ver. Bielsa como que se siente cómodo en ese tipo de ambientes donde él genera reacciones, le gusta que los jugadores reaccionen ante diferentes estímulos”, lo describe.

Ese mismo Loco lo llevó al Espanyol como refuerzo, lo tuvo la lista de 30 previa para el Mundial 2002 y lo había guiado al título en 1998 con el Fortín: “Él tiene detalles, como cuando salimos campeones con Vélez, que dimos toda la vuelta y volvimos al vestuario. Cuando llegamos, entró desde su camarino, nos agarró a todos y nos dijo: ¿qué hacen acá? ¡Vayan afuera a festejar con la gente! Y nos sacó otra vez a la cancha. Ese era Bielsa”.

¿QUERÉS SALIR CAMPEÓN?

La estadía en el Espanyol de Barcelona había sido breve por un conflicto entre clubes y su última etapa en Vélez estaba terminada. A mediados del 2002, el pase al fútbol mexicano estaba encaminado cuando sonó su teléfono:

— ¿Federico?

— Sí…

— Soy el Tolo, ¿querés salir campeón o no?

Entre risas, y mientras imita la singular voz aguda de Américo Gallego, el lateral izquierdo que fue un emblema del último título local del Rojo recuerda que su respuesta fue negativa ante su inminente salto a tierras aztecas: “El Tolo me tuvo dos meses después con ‘así que no querías venir, me limpiaste’ y todos los días me mataba adelante de todos. Un personaje que me encantaba porque era auténtico: ‘Acá viene el que me limpió’. Yo fui uno de los últimos en llegar y a los diez días de que empezamos a entrenar ya se palpitaba el clima con el equipo, había mucho feeling futbolísticamente hablando. Era re loco porque errábamos pocos pases y en los entrenamientos se generaba una buena tensión de que nadie podía equivocarse”.

“Ese equipo era dinámico, agresivo y encima te hacíamos muchísimos goles, entonces al hincha de Independiente como que lo enamoró. Justo jugamos ese fútbol en un club que destila fútbol en su historia”, rememora sobre aquel conjunto emblemático formado por el Cholo Guiñazú, el Pocho Insua, Gabriel Milito, Andrés Silvera y el Rolfi Montenegro, entre otras estrellas.

Con 21 años, Milito –su compañero de cuarto en las concentraciones– se transformó en capitán y líder indiscutido de aquel plantel con figuras de peso. El Mariscal ya mostraba sus credenciales de crack, pero todavía tenía que plasmar su potencial. Un hecho los encaminó a todos detrás de su figura a pesar de su juventud: “Más allá del juego, lo que me marcó es que a él le secuestraron al padre en esa época. No se estuvo entrenando por tres o cuatro días con este tema, imaginate toda la tensión que vivió. Jugábamos la 6ª fecha contra Vélez, él llegó el día previo a la concentración y dijo ‘quiero jugar’. Como era el capitán, el Tolo lo puso. Llegó, jugó y la rompió. Pensé: éste es un animal. Eso era Milito. La fuerza que tenía, una personalidad. Eso que hizo nos marcó a todos”.

“PENSÉ QUE SALÍAMOS CAMPEONES DE LA LIBERTADORES”

Fue una ventana particular la que vivió River entre 2004 y 2014. Una década en la que sólo cosechó un título en el 2008 y padeció el descenso del 2011. Federico Domínguez llegó justo al club cuando aquel fuego empezaba a iniciarse. Un plantel repleto de figuras que vivió golpes futbolísticos y cimentó algunos de los escándalos internos más complejos de su historia reciente, que aún hoy resuenan.

Entre los dos años y medio que duró su estadía (2005/07), marca diferentes etapas. La más dolorosa fue aquella inicial, en la que sintió una vibra diferente: “Pensé que salíamos campeones de la Libertadores y del torneo, pero nos quedamos sin nada. Después, el 2006 fue durísimo porque el Boca de Basile ganó todo y nosotros éramos un quilombo. Se fue Mostaza (Merlo), llegó Passarella”.

Un recuerdo todavía permanece fresco: la derrota en las semifinales de la Libertadores 2005 contra el San Pablo, que después saldría campeón. Días antes, había estallado el recordado conflicto entre Eduardo Tuzzio y Horacio Ameli.

“En el cierre de la última llave no llegamos bien, llegamos golpeados anímicamente con este problema entre los dos centrales. Era la dupla central, yo estaba acompañando a la defensa. Era difícil. Y después, para mí, fue la falta de oficio como plantel. En la ida hicimos un gran partido en el Morumbí, nos hicieron un gol a los 78 minutos creo. En vez de decir listo, perdimos 1-0, lo salimos a buscar con ese orgullo herido, para mí fue una tontería gigante y nos hicieron el segundo gol de contargolpe a los 90”, advierte de aquel 2-0 en Brasil que se cerró con un 2-3 en el Monumental.

— Antes hablábamos de la pelea Chilavert-Bielsa: ¿Tanto impacta en el grupo cuando hay una pelea entre jugadores como pasó con Ameli y Tuzzio o fue algo distinto esto?

— Impacta, impacta porque rompe con la hegemonía. Es difícil cuando no se hablan o no se dan la pelota. Es difícil. Un detalle: se la daban ellos la pelota si era obligatorio, sino salteaban, no se la tocaban uno a otro.

— Termina influyendo quieras o no…

— Vos sabés que hay un problema, sabés que el problema está. Y entonces tenés que estar atento a todo. A jugar, todo lo que sea, pero sabés que hay un problema ahí atrás. Y encima son la dupla de centrales. Para nosotros, defensores, más yo que estaba al lado, no era fácil.

El proceso lentamente fue empeorando entre el conflicto Merlo-Gallardo y la acumulación de malos resultados: “En el 2006 fue todo un quilombo. Era durísimo porque Boca ganó todo y nosotros no nos podíamos ni acomodar. Y no podías salir a la calle porque el de River te decía ponete las pilas y el de Boca te cargaba. Te obligaba a pelear cosas porque sos River y ahí sale la personalidad del jugador. Después en el 2007, con Passarella, quedamos afuera en la primera rueda de la Libertadores, ¡Impensado para River! Fue durísimo. Había que jugar ahí eh, salir a la calle”.

“A Gallardo ya me lo imaginaba como técnico. Era conductor y muy pensante. Marcelo siempre tuvo eso: muy pensante. Personalidad siempre tuvo y liderazgo también, tiene una linda manera de conducir. Después es estratega naturalmente por su posición. Siendo enganche, lo hacía natural. Lo lleva innato. Él tenía la capitanía y cada vez que hablaba Gallardo se callaban todos porque era el capitán. Después abría el juego para hablar y ahí hablaban todos; Costanzo, los dos centrales, hablaba Farías, se hablaba”, define sobre esos años en los que conoció desde adentro a quien hoy ya es uno de los técnicos más exitosos de la historia.

“BORGHI ME ROMPIÓ LA CABEZA”

Bielsa, Pekerman, Bianchi, Passarella, Gallego… Podría decirse que a Domínguez no le faltaba tachar ningún apellido en la lista, pero a los 34 años quiso develar el misterio detrás de un joven entrenador con un discurso innovador: “Quería tener la oportunidad que me dirigiera Borghi. Me intrigaba como entrenador. Me encontré con un técnico que me rompió la cabeza. Una conducción humana tremenda”.

“Yo tenía problemas en las rodillas y me llevaba desde ese humor negro, sarcástico, que tiene Borghi. Te va cuidando. Venía y me decía, no entrenes más que estás viejito, vení, quedate conmigo, vamos a hablar de fútbol. O, por ejemplo, contra San Lorenzo estaba en el banco, perdíamos 1-0 y me llama. Me dice: sentate al lado mío. ‘Somos un desastre, ¿estás viendo, no? Vas a entrar por acá, hablale a los chicos que se tranquilicen’. ¡Te saca del enfoque!”, lo recuerda.

El adiós profesional llegó en Uruguay y en unas impensadas cuotas. El dolor insoportable en sus rodillas lo sacó del fútbol a fines del 2011, pero meses más tarde el retiro “pesó” y empezó a despuntar el vicio durante un corto tiempo en la segunda división uruguaya: “Volví a jugar para sacarme el vicio, para tener una dinámica diaria. En Atenas de San Carlos, que fue mi último club, dije ahora sí, ya no puedo jugar ni parado: jugaba de enganche, me ocupaba de las pelotas paradas. ¡Ni siquiera para eso estaba!”.

La reflexión sobre sus últimos pasos relata una experiencia personal, pero bien sirve para que el ambiente del fútbol tome cartas en el asunto para el día después que inexorablemente llegará en todos los profesionales: “Es durísimo porque si no te gusta otra cosa, todo te aburre. Extrañás las puteadas, la intensidad, el clima. Decís: ¿qué voy a ser carpintero ahora a los 40 años?”.

ESAS RARAS PALABRAS NUEVAS

“Te empiezan a hablar un montón de personas de lo que tenés que hacer con palabras desconocidas, dificilísimo de entender, de comprender. Y te va apurando el reloj: ocupate, es ahora. El cirujano me recomendó hacer terapia porque no sabía cómo iba a quedar. Si no te puedo zafar el esfínter vas a tener la bolsita (NdR: de colostomía) toda tu vida, me dijo. Cuando te empiezan a hablar así no sabés para dónde arrancar…”.

Aquel octubre del 2018 le quedó grabado a fuego. Fue el día que empezó esa segunda vida en medio de un torbellino de sensaciones negativas que debió aprender a domar: “Pasé por todos los estados. Primero negación, después enojado conmigo, con la vida, con el doctor, con todos, preguntándome por qué si fui deportista. Después el llanto, no sabés para dónde arrancar y los miedos. Tomaba seis pastillas por día de lunes a lunes y hacía radioterapia. Hice tres meses. Cuando cumplí ese tiempo, me operaron”.

El relato es crudo, sin concesiones, con detalles. Federico se animó a hacerlo por él, pero también por los que están ahí del otro lado librando la misma batalla: “Pasé por un estado difícil, que es que me cerré. Eso lo quiero aclarar porque quizás a mucha gente le pasa lo mismo, no hablaba una palabra con nadie. ¡Peor todavía! Cuando me preguntaban cómo estaba, decía, yo estoy bien, negado. Minimizaba todo”.

No hay fórmulas en la vida y mucho menos para afrontar un cimbronazo de este tipo. Cada cual tiene su libreto, su receta. Sin embargo, la de él, quizá, pueda ayudar a otros: “Más allá de la contención familiar, a mí me salvó hacer terapia y la lectura. Me sacaba de eje, me tranquilizaba los pensamientos, no pensaba cualquier tontería. No entraba en la parte negativa y los laberintos de confusión”.

El destino le regaló esta segunda vida. Federico Domínguez fue un jugador de fútbol de los más destacados de las últimas décadas en el país. Federico Domínguez será, ahora, lo que él quiera ser mientras mira al cáncer desde la lejanía de la sanación tras haberle ganado la batalla.

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