Por Ricardo Goñi (Colaboración exclusiva para noticiasinanestesia.com.ar)
(Secretario de Investigación y Posgrado de la Facultad de Ciencias de la Gestión – UADER)
En 1931, en los albores de la mayor tragedia mundial de la historia política contemporánea, Sigmund Freud agregaba el último párrafo a El malestar en la cultura: “A mi juicio, el destino de la especie humana será decidido por la circunstancia de si –y hasta qué punto- el desarrollo cultural logrará hacer frente a las perturbaciones de la vida colectiva emanadas del instinto de agresión y de autodestrucción”. La presencia del primer grupo militarizado nacionalsocialista presagiaba entonces un indudable devenir de terror y violencia: las Sturmabteilung, “SA” o “Camisas Pardas”, que fueron un aporte fundamental en el itinerario de Hitler al poder. Hoy, la obra del padre del psicoanálisis cobra notable vigencia frente al ascenso de grupos neonazis, xenófobos, racistas, misóginos, homófobos y apologistas del terrorismo de estado, al menos en la Argentina, si bien es un fenómeno que se reproduce por toda -o gran parte de- Europa y América.
Según señala Osvaldo Delgado (psicoanalista, profesor de la carrera de Psicología de UBA), fue en 1931 -cuando la amenaza de Hitler ya era muy notoria- que Sigmund Freud (el más trascendente representante del pensamiento trágico el siglo XX) decide agregar el último párrafo de su obra El malestar en la cultura, que había sido publicada un año antes, en 1930 [1]. El párrafo completo –vale la pena leerlo así- es el siguiente: “A mi juicio, el destino de la especie humana será decidido por la circunstancia de si –y hasta qué punto- el desarrollo cultural logrará hacer frente a las perturbaciones de la vida colectiva emanadas del instinto de agresión y de autodestrucción. En este sentido, la época actual quizá merezca nuestro particular interés. Nuestros contemporáneos han llegado a tal extremo en el dominio de las fuerzas elementales que con su ayuda les sería fácil exterminarse mutuamente hasta el último hombre. Bien lo saben, y de ahí buena parte de su presente agitación, de su infelicidad y su angustia. Sólo nos queda esperar que la otra de ambas «potencias celestes», el eterno Eros, despliegue sus fuerzas para vencer en la lucha con su no menos inmortal adversario. Mas, ¿quién podría augurar el desenlace final?” [2].
El ascenso de la extrema derecha tanto en el Norte como en el Sur renueva la validez de la obra de Freud. La presencia, en efecto, de numerosos grupos neonazis europeos, como “Aurora Dorada”, “Alternativa para Alemania (AfD)”, “Hogar Social Madrid” o “CasaPound”, da cuenta de ello. Lo mismo ocurre en América Latina, donde la ultraderecha ha dejado de ser un fenómeno marginal: así lo revelan el “Movimiento Social Patriota” (MSP) de Chile, el “Partido Social Liberal” (PSL) de Jair Bolsonaro en Brasil y el partido “La Libertad Avanza” de Javier Milei en la Argentina, que irrumpieron –o se vieron fortalecidos- a partir de las protestas en contra de las medidas de aislamiento por el coronavirus.
Sin embargo, en la Argentina no se trata sólo de la irrupción de la “extrema derecha”, como la de Milei (que se autodefine como “anarco-capitalista”); el fenómeno de los grupos neonazis, xenófobos, racistas, misóginos, homófobos y apologistas del terrorismo de estado tiene predecesores concretos, de carne y huesos, pese a que éstos no son caracterizados formalmente como de “extrema derecha” o “ultraderecha”. Nótese que si bien es cierto que Milei manifestó que “el Estado es el enemigo” o que “entre la mafia y el Estado prefiero a la mafia”, también es cierto que la jefa del PRO, Patricia Bullrich, dijo “Seamos libres, que lo demás no importa nada”, reclamando ante la “pérdida de libertad” por el aislamiento dispuesto por el gobierno nacional por la pandemia. También hubo políticos, intelectuales y artistas (que no son caracerizados como de “extrema derecha”) que firmaron documentos invitando a “acabar con el uso ilegal del terror sanitario como herramienta para someter a la población” (Juan José Sebreli y Gabriel Levinas, entre otros), o a luchar en “contra el miedo y a favor de la libertad” (Luis Brandoni y Maximiliano Guerra, entre otros).
Entonces, ¿quiénes son la “derecha” y quiénes la “extrema derecha”? Hay un rasgo que los homogeniza a todos (sean ultras o no, “halcones” o “palomas”): su capacidad de infundir miedo en la sociedad, sea de manera explícita o implícita. En efecto, tanto la derecha como la extrema derecha siempre supieron manipular el sentido común con el miedo. Y cuando derecha (o ultra) y miedo se juntan, los resultados suelen ser explosivos (no sólo en un sentido figurado): el general Paul Aussaresses, responsable de los “servicios especiales” de Francia en Argelia en los años ’50 e instructor de los militares de la última dictadura argentina, dijo: “Me llaman asesino, sí, pero yo sólo cumplí mi deber con Francia. No se puede vencer al enemigo sin recurrir a la tortura y a las ejecuciones”. Se podrá apreciar en las palabras de Aussaresses que para generar miedo con uno o dos mensajes de estos alcanza.
El miedo es un aliado incondicional tanto de la derecha como de la extrema (da igual), de aquella que no tiene argumentos (o si los tiene son inconfesables) para confrontar democráticamente. Podrían citarse decenas de ejemplos que vinculan el miedo y la derecha. Valgan sólo algunos pocos: el miedo que generó la “Triple A” como precedente inmediato del orden social, político y económico de la dictadura de 1976. O el miedo al desabastecimiento que generaron los grupos económicos durante la hiperinflación de 1989. O el miedo a las consecuencias del abandono de la Convertibilidad, que alentó el denominado “voto-cuota”, con el que el 14 de mayo de 1995 Carlos Menem fue reelecto presidente de la Nación con casi un 50% de los votos. O, en la actualidad, el miedo que introdujo la oposición política cuando el gobierno anunció acuerdos con la Federación Rusa para la compra de la vacuna Sputnik V: “El gobierno de científicos quiere comprar una vacuna rusa cuyo único estudio se realizó en 72 personas por 42 días, sin placebo y sin voluntarias mujeres. Esa vacuna es una Ruleta Rusa”, decía el diputado nacional Luis Petri (UCR). El laboratorio que traerá la vacuna rusa “tiene graves antecedentes” dijo la sagaz diputada opositora Graciela Ocaña.
El lunes 20 de diciembre partirá hacia La Paz, Bolivia, un cargamento con un millón de dosis de la vacuna AstraZeneca con el principio activo fabricado en la Argentina. El avión que las transportará es el Hércules C-130 de la Fuerza Aérea argentina, el mismo que hace dos años atrás se usó para el envío de pertrechos para apoyar el golpe de Estado contra Evo Morales. Ello marca el contraste entre una cosa y la otra: hace dos años los “camisas pardas” de Patricia Bullrich contrabandearon balas antitumultos, gases lacrimógenos y granadas para reprimir al pueblo boliviano; hoy el Estado nacional decidió la “donación a título gratuito a favor del Estado Plurinacional de Bolivia” de un millón de dosis de vacunas destinadas a generar inmunidad contra la covid-19. Parece ser que el “eterno Eros” (dios del amor y responsable primordial de la atracción sexual), cada tanto despliega sus fuerzas para vencer a su inmortal adversario (o, quizás mejor, a su inmortal enemigo, que es la “derecha” o la “derecha extrema” o la “ultraderecha”, que –sin cinismo- da igual). No obstante, el interrogante final de Freud aún permanece incólume: “¿quién podría augurar el desenlace final?”.
[1] Delgado, O., 2016. Actualidad de “El malestar en la cultura”, Diario Página 12, 9 de junio de 2016.
[2] Freud, S., 1929 [1930]. El malestar en la cultura, en: http://www.librodot.com
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